Por el equipo de Poder y Política

El primero de junio de 2025, en el corazón del Instituto Nacional Electoral —la herradura del Consejo General— ocurrió un hecho que no hizo ruido, pero que dejó eco: la presencia visible de militares, uniformados, sentados detrás de la presidencia del INE durante la jornada en que se vigilaba la inédita elección popular del Poder Judicial. No hablaron. No se movieron. No intervinieron. Pero estuvieron. Y su sola presencia reconfiguró el espacio: el poder civil fue atravesado, simbólicamente, por el poder militar.

La forma es fondo: el poder detrás del gesto

En política, la forma no acompaña al fondo: lo constituye. La entrada de soldados al recinto de deliberación electoral no quebró norma escrita alguna, pero quebró un principio inquebrantable de las democracias constitucionales: la subordinación del poder militar al poder civil. En una república moderna, esa subordinación no solo debe ser legal; debe ser visible, ritual, incontrovertible.

En un país marcado por un pasado autoritario, el uniforme verde en un espacio civil como el INE no es ni puede ser neutral. Es una ostentación pasiva de poder, una tutoría muda, un mensaje visual con consecuencias institucionales profundas.

¿Error, cálculo o estrategia?

¿Fue esta presencia militar una decisión premeditada para marcar territorio? ¿Un gesto calculado para mostrar vigilancia o control? ¿O fue simplemente una torpeza, una concesión protocolaria banalizada por una burocracia que ha dejado de distinguir los símbolos de la democracia?

Lo más inquietante es que la ambigüedad se vuelve funcional: en cualquier escenario, el resultado es el mismo. La figura militar ha sido normalizada como presencia tolerable en un espacio diseñado para la deliberación civil. El oficialismo busca degradar el hecho a “anécdota técnica”, pero lo que ocurrió fue, sin exageración, una intrusión simbólica en la soberanía electoral del país.

El silencio que habilita

Que algunos consejeros hayan declarado no haber sido consultados, y otros simplemente hayan callado, demuestra la desactivación del reflejo democrático de defensa institucional. Si el árbitro no salta, el poder se acomoda. Lo simbólico también necesita vigilancia, y esta vez, el ensayo de intrusión no fue repelido.

¿Fallaron los protocolos? ¿Se impuso la voluntad de la presidencia del INE sin deliberación colegiada? ¿Hubo presiones externas? La opacidad en estas preguntas sugiere una complicidad estructural por omisión. El poder militar no entra si el poder civil no deja la puerta entreabierta.

Resistencias posibles: de la memoria a la acción

Ante esta deriva, urge la reactivación del músculo cívico y la imaginación democrática. La resistencia no necesita ser ruidosa para ser efectiva. Pueden exigirse protocolos que impidan la presencia militar en recintos civiles; organizar protestas simbólicas que devuelvan la centralidad a la ciudadanía; o promover campañas pedagógicas que expliquen, con claridad, por qué la democracia requiere símbolos civiles intransigentes.

Una consigna sencilla puede empezar a reconstruir el muro simbólico: En el INE no se permiten uniformes. Tan básica como poderosa.

Comparaciones necesarias

Este episodio no es único ni aislado. En democracias formales como Turquía, Egipto o Brasil, la militarización comenzó con gestos simbólicos normalizados, legitimados por la narrativa oficial como necesarios o inocuos. La historia muestra que esos primeros gestos allanaron el camino a una tutela militar prolongada sobre instituciones civiles.

México aún está a tiempo de evitar ese desenlace. Pero la olla ya no está tibia: está al borde de la ebullición.

Epílogo: entre el aplauso y la rendición

Las democracias no mueren con estrépito, sino con reverencias. Y no siempre caen con bayonetas. A veces, basta con un uniforme sentado detrás de la presidencia del árbitro electoral. Un uniforme que no dice nada, pero lo dice todo.

La verdadera pregunta no es si los militares deben custodiar boletas. Es si deben estar presentes en la deliberación de quienes organizan y supervisan la voluntad soberana del pueblo. La respuesta es, y debe seguir siendo, no.

La escena ya ocurrió. El precedente ya fue plantado. Solo queda decidir si lo aceptamos como normal o si, por una vez, saltamos de la olla antes de que sea demasiado tarde.