La metamorfosis de Morena frente a la protesta juvenil (1968-2025)

I. El sábado que la izquierda aprendió a temer

Este 15 de noviembre de 2025, México presenció una paradoja histórica: la izquierda que nació en las calles levantó vallas de hasta tres metros para protegerse de ellas.

Miles de jóvenes de la Generación Z marcharon desde el Ángel de la Independencia hasta el Zócalo capitalino, convocados por redes sociales, sin estructura partidista, con banderas del anime One Piece como estandarte improvisado. No pedían ideología, pedían lo elemental: seguridad, justicia por el alcalde asesinado de Uruapan, Carlos Manzo, y el fin de la normalización del miedo.

La respuesta del gobierno fue la crónica de una represión actualizada: vallas metálicas y barricadas de concreto blindando Palacio Nacional, un operativo con cientos de elementos de seguridad de la SSC y Guardia Nacional, gas lacrimógeno y polvo de extintores dispersados cuando manifestantes intentaron derribar las barreras, y la presencia inevitable del «bloque negro» —encapuchados que lanzaron artefactos incendiarios y transformaron una demanda ciudadana en un espectáculo de caos.

Los enfrentamientos se desataron alrededor del mediodía cuando manifestantes lograron abrir brechas en las vallas, provocando que policías lanzaran gas lacrimógeno, polvo de extintores y petardos desde el interior del perímetro de seguridad. Los mismos gases que en 1968 hubieran sido denunciados como represión estatal, hoy se justifican como «protección del patrimonio histórico».

El poder no cambió de manos. Solo cambió de retórica.

II. Exhibir para silenciar: la nueva tecnología del control

Dos días antes de la marcha, la presidenta Claudia Sheinbaum exhibió en su conferencia matutina los nombres, rostros y perfiles de redes sociales de jóvenes convocantes. Según el análisis oficial presentado por «Infodemia», la movilización fue calificada como «inorgánica, pagada y promovida por la derecha internacional», alegando actividad de cuentas impulsadas por inteligencia artificial y bots.

Edson Andrade, uno de los jóvenes señalados, respondió con una frase que resume la angustia de esta generación: «La responsabilizo directamente de cualquier cosa que pueda pasarme, porque me expuso en un país donde el crimen calla a las voces que lo denuncian, como ocurrió con el alcalde de Uruapan, Carlos Manzo».

No es un detalle menor. En un país donde más de 125,000 personas permanecen desaparecidas según el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, y donde los jóvenes son el grupo más vulnerable a la violencia del crimen organizado, ser exhibido desde Palacio Nacional no es transparencia: es una amenaza disfrazada de información pública.

Esta táctica tiene un precedente inmediato. En 2024, el expresidente López Obrador difundió públicamente el número telefónico de una periodista de The New York Times, provocando una ola de acoso digital. Posteriormente se filtraron los datos personales de más de 300 periodistas acreditados, casos documentados por Artículo 19 y el INAI.

El patrón es claro: la izquierda en el poder no necesita balas para silenciar. Le basta con exponer.

III. De Tlatelolco a las vallas del Zócalo: medio siglo de mutación

La historia de la izquierda mexicana se escribió en las calles. El movimiento estudiantil de 1968, las marchas del CEU en los ochenta, la huelga de la UNAM en 1999, el plantón de Reforma en 2006: todos fueron actos de resistencia que construyeron un capital moral incuestionable.

El discurso era simple y poderoso: la calle es del pueblo, la protesta es un derecho, el Estado es el adversario.

Ese discurso sostuvo a Andrés Manuel López Obrador durante dos décadas. Lo llevó a ocupar Paseo de la Reforma durante meses en 2006, a desconocer al gobierno de Felipe Calderón, a declararse «presidente legítimo» y a convertir la desobediencia civil en performance política.

Pero cuando Morena llegó al poder en 2018, el guion se invirtió. La protesta dejó de ser «voz del pueblo» para convertirse en «maniobra de adversarios». Los manifestantes ya no son ciudadanos conscientes, sino «manipulados», «bots financiados» o —en el mejor de los casos— «jóvenes confundidos por la oposición».

La presidenta Sheinbaum calificó la marcha como asumida por la oposición e ironizó sobre la presencia de figuras como Vicente Fox y legisladores del PRI: «No es muy de la generación Z, ¿verdad? Ni a chavorrucos llegan».

El argumento es perverso: si alguien de la oposición apoya una causa, entonces la causa pierde legitimidad. Bajo esa lógica, ningún reclamo ciudadano sería válido, porque siempre habrá un político intentando capitalizarlo.

IV. El bloque negro: la función útil del caos

En cada protesta masiva de los últimos años —8M, Ayotzinapa, ahora la Generación Z— aparece el mismo actor: un grupo de encapuchados que genera violencia justo cuando la manifestación llega a su clímax.

Este sábado, jóvenes vestidos de negro intentaron derribar las vallas con esmeriles y alicatas, lanzaron artefactos incendiarios y provocaron enfrentamientos que desviaron la atención mediática del mensaje central.

Su presencia no requiere conspiración para ser funcional. Opera como un mecanismo de deslegitimación automática:

1. Disuasión: Los ciudadanos pacíficos evitan manifestarse por miedo a la violencia.

2. Desplazamiento narrativo: Los medios cubren los destrozos, no las demandas.

3. Justificación estatal: El gobierno reclama el orden en nombre de la seguridad.

No es necesario probar coordinación gubernamental para constatar el resultado político: los beneficiarios del caos son siempre los mismos. El poder consigue disolver el disenso sin mancharse de sangre, sin generar mártires, sin repetir Tlatelolco.

Es la versión actualizada de los Halcones: no entrenados por el Estado, pero insertos en una ecología política que premia su existencia.

V. La narrativa del poder: paternalismo e inquisición

El discurso oficial oscila entre dos registros complementarios:

Registro paternalista: «Nosotros representamos al pueblo, siempre escuchamos a los jóvenes, invertimos históricamente en programas sociales para ellos».

Registro inquisitorial: «Esta movilización es artificial, financiada, promovida por cuentas de inteligencia artificial y la derecha internacional».

Según el análisis oficial presentado por Infodemia y la Presidencia, «la mayoría de las cuentas que promueven la convocatoria son de Inteligencia Artificial» y que la marcha está «llena de IA por cuentas que no tienen identidad, particularmente en TikTok». Estudios privados y gubernamentales han señalado millones de bots en redes, aunque sin auditorías independientes que lo corroboren.

El argumento es absurdo por diseño: si la juventud protesta, es porque está manipulada; si no protesta, es porque el gobierno tiene legitimidad. No hay escenario posible donde el disenso juvenil sea auténtico.

Esa lógica infantiliza al ciudadano y anula el espacio cívico. Si el gobierno ya es el pueblo, entonces quien protesta se convierte en enemigo del pueblo. La democracia se transforma en sospecha.

VI. Los datos incómodos: la Generación Z no es morenista

Los números contradicen la narrativa oficial. Según encuestas de *El Financiero*, el 69% de la Generación Z reprueba los resultados del gobierno en materia de seguridad, siendo el grupo etario más crítico con la gestión de Sheinbaum.

La marcha de este sábado reunió a miles de personas en más de 50 ciudades en 31 estados del país, desde Tijuana hasta Mérida. Familias enteras se sumaron, exigiendo «no más miedo, queremos un gobierno que proteja la vida».

No fueron «bots». No fueron «infiltrados del PRI». Fueron ciudadanos hartos de normalizar el asesinato de alcaldes, la extorsión a agricultores, la desaparición cotidiana de jóvenes.

Carlos Manzo, alcalde de Uruapan asesinado el 1 de noviembre, había solicitado mayor apoyo federal para combatir al crimen organizado, según reportes de prensa. Ahora su abuela, en silla de ruedas, acudió a la marcha exigiendo lo que su nieto no logró en vida: que el Estado proteja a quienes gobiernan.

 VII. Las consecuencias: del miedo al cinismo

La estrategia de deslegitimación y exposición pública tiene efectos acumulativos:

Desmovilización: El miedo a ser señalado reduce la participación ciudadana.

Desconfianza: Se instala la idea de que toda protesta está infiltrada, que nada es auténtico.

Desafección: Los jóvenes asumen que la protesta no sirve, que el poder todo lo coopta o lo criminaliza.

Cinismo social: La indignación pierde valor político. Si todo es teatro, nada importa.

El resultado es devastador para la propia izquierda. El capital moral que la llevó al poder —la empatía con el descontento, la defensa de la libertad de manifestación— se convierte en déficit político.

Una ciudadanía desmovilizada es un poder sin contrapeso. Pero también es un poder sin legitimidad.

VIII. Conclusión: el espejo invertido

La izquierda mexicana no traicionó su historia: la institucionalizó. Transformó la protesta —su antigua fuente de legitimidad— en una amenaza que administrar.

En 1968, el PRI masacró estudiantes en Tlatelolco. Ese régimen nunca se recuperó moralmente.

En 2025, Morena exhibe jóvenes en la mañanera, blinda el Zócalo con vallas de hasta tres metros y responde con gas lacrimógeno a quienes intentan acercarse a Palacio Nacional.

No es lo mismo. Pero el resultado político converge: el poder teme a la juventud porque la juventud es la forma viva de la memoria.

El país que en 1968 gritó «¡No queremos olimpiadas, queremos revolución!» hoy tiene un Palacio Nacional cercado por vallas metálicas y un gobierno que se proclama «del pueblo» mientras protege al poder del pueblo.

La izquierda ya no encarna la rebeldía: la regula.

Y en ese espejo invertido, el reflejo no es de revolución, sino de continuidad.

Epílogo: lo que viene

Este 15 de noviembre marca un quiebre. Por primera vez en décadas, la juventud mexicana protesta contra un gobierno que se asume de izquierda sin tener que justificarse ideológicamente.

No piden socialismo ni capitalismo. Piden lo elemental: poder caminar sin miedo, que los alcaldes no sean asesinados, que el Estado cumpla su función básica de proteger la vida.

Si el gobierno persiste en exhibir, deslegitimar y reprimir, solo acelerará su propio desgaste. El cinismo tiene límites. El hartazgo, ninguno.

La historia enseña que ningún régimen sobrevive cuando deja de escuchar a su juventud. Y la izquierda mexicana, que nació escuchando la calle, hoy solo escucha sus propios ecos de poder.

El círculo se cerró. Pero no de la manera que Morena imaginó.

Fuentes consultadas: Proceso, El Universal, El Financiero, La Jornada, Milenio, Ríodoce, SinEmbargo, El Sol de México, LatinUS, ADN Noticias, CNN, AP News, Los Angeles Times, El País, informes de Artículo 19, INAI, R3D, Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO/SEGOB), análisis oficial de Infodemia, versión estenográfica de la conferencia presidencial del 13 de noviembre de 2025, cobertura en tiempo real del 15 de noviembre de 2025.